La pregunta

La pregunta 6Los copos blancos bailaban en un descenso caótico. Amadeo había presenciado innumerables veces esa estampa desde la ventana del dormitorio de su pazo de Cotobade. Antes, a pesar de augurar meses difíciles, la llegada de las primeras nieves era siempre ocasión para el regocijo compartido y, también, motivo de chanzas y juegos de palabras destinados a su mujer. “El frío que da calor”, decía ella, restando importancia a las bromas mientras observaba maravillada a través de la ventana.

Ocho años atrás sus hijos habían reconvertido el primer piso de la casa en un hotel rural. Aunque añoraba los tiempos de intimidad en familia, hasta hace bien poco, Amadeo también disfrutaba de la compañía de los visitantes. Si estaban receptivos les hablaba de tiempos pasados: de como era antes la vida en el pazo, de épocas oscuras y otras de florecimiento. También gustaba de contarles secretos sobre cómo desenvolverse en el entorno, o cuándo y dónde observar animales escurridizos.

Hacía ya cinco meses que había dejado de relacionarse de un modo estrecho con las personas que se hospedaban en la casa. Desde aquella caída en el establo, su salud, antes férrea, involucionó hacia la debilidad y la abulia. Apenas podía moverse y, ayudado por un andador, tenía como único trayecto el de la cama al sofá y de este a la cama. Los días buenos se aventuraba en alguna visita al baño para romper la monotonía del dichoso orinal.

Cuando escuchaba las voces de los huéspedes, sentía el impulso de bajar y charlar con ellos, o corregirles si se equivocaban en cualquier apreciación sobre plantas o animales. Pero le faltaba la vitalidad. El cansancio y la nostalgia se le habían venido encima cubriéndolo de un frío que no daba calor siquiera en forma de metáfora.

Aquella mañana, Amadeo se despertó llorando. Soñó que volvía a estar con Neves: el amor de cinco décadas y madre de sus hijos. Habían pasado nueve años desde que ella dijese sus últimas palabras y expirase en la misma cama en la que ahora dormía solo noche tras noche.

Sus hijos, David, el mayor con cincuenta y ocho años y Luar tres años más joven, cansados de estar solos en la ciudad, decidieron volver a casa para poner en marcha el negocio y que de esta forma su padre no estuviera solo.

Le costó más que de costumbre desperezarse. Resonaban una y otra vez en él las palabras que ella le dijo antes de morir, y que había vuelto a repetir en sueños esa misma noche. Era una pregunta a la que no podía contestar:

—¿Volveré a verte?

No supo qué decir y ella se fue sin respuesta.

Se enjugó las lágrimas y tardó mucho en salir de la cama, incorporarse y caminar con el andador hasta el sofá. El cansancio no  le permitió aguantar sentado mucho tiempo y tuvo que tumbarse. Se quedó dormido mientras la voz artificial de un presentador se empeñaba en hacerle compañía. No le gustaba ver la televisión, pero al menos no era tan doloroso como mirar a través de otros cristales.

A las dos de la tarde despertó zarandeado por David.

—Vamos papá —dijo con dulzura—, tienes que comer algo si quieres mantenerte en forma.

Traía una bandeja con dos platos, uno de sopa de verduras, del cual apenas comió cinco cucharadas; y el otro de tortilla con unas pocas hebras de pimientos del padrón. David le ayudó a incorporase y a comer.

—¿Qué te ha parecido el sabor de los pimientos? —preguntó David, que conocía de antemano la respuesta.

—Hijo, la verdad es que apenas aprecio el sabor. Son de invernadero y se hace notar. Ahora todo es peor en invierno —dijo oscureciendo el gesto—. Todo.

David miró con tristeza a su padre, le puso la mano en el hombro y le miró a los ojos. Nunca le había visto tan débil y viejo. Tan cerca de este lado como del otro.

—Hay que levantar el ánimo —dijo Amadeo sin mucha convicción al percibir la pesadumbre del gesto de David—, el frío ha llegado con fuerza este año y eso afecta al ánimo. Pronto llegará la primavera y volveremos a reír como antes. ¿Te acuerdas de la risa de mamá?

—Claro que me acuerdo. La risa más contagiosa que he escuchado nunca.

—Sí —corroboró sonriendo y, mientras se recostaba en el sofá, la sonrisa fue desapareciendo lentamente—, la echo tanto en falta —añadió, de manera casi imperceptible a los oídos de David. Y se durmió.

David besó la frente de su padre, recogió la bandeja de la mesita y bajó al piso inferior para ayudar a Luar sirviendo la comida a los huéspedes. Se trataba de un grupo de nueve cazadores. En invierno, por lo general, solo estos o algún equipo de científicos elegían aquellos parajes. A David no le gustaban los cazadores, le parecían fanfarrones y orgullosos en exceso, pero al menos acostumbraban a dejar buenas propinas.

Despertó en el sofá cuando ya estaba a punto de anochecer. Había vuelto a soñar con Neves: otra vez su frágil voz y aquella pregunta sin respuesta. Se acercó a la ventana llena de vaho en la que tantos corazones fueron dibujados a dedo. Apoyó la mano en el cristal y con un movimiento lánguido describió una franja para poder observar el otro lado. El ocaso tampoco parecía tener la respuesta. Sin embargo, cuando el último rayo de sol desapareció y llegó la oscuridad, sintió el calor. Y pensó que si alguien le estuviera viendo en ese momento desde el otro lado, de fuera hacia dentro, quizás también estaría sintiendo ese calor en medio del frío.

 

Andoni Abenójar

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42 comments

  1. Hola Andoni. Has conseguido darle al relato un halo de tristeza y melancolía que se contagia mientras lo vas leyendo. El ocaso de la vida tiene que ser una contradicción constante en algunas personas, como el caso de Amadeo. Al final de la historia no sabemos muy bien qué sucede, pero está claro que es una tregua a su maltrecha existencia actual. Me ha encantado.
    ¡Un abrazo!

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  2. Qué ternura tan triste producen siempre los viudos ancianos. La historia de Amadeo me ha resultado muy cercana, aunque no cálida. Tengo el frío de ese invierno calado en los huesos.

    Muchas gracias por haberte pasado por Retazos, me alegro de que me hayas encontrado porque eso me ha descubierto tu rincón. Nos leemos.

    Un abrazo

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    1. Gracias, Pedro. La verdad es que nunca he estado en Cotobade, aunque me encanta Galicia y también viajar por escrito (cuando no puedo físicamente, es decir, muy a menudo). Supongo que elegí un lugar desconocido como parapeto para enfrentarme a un tema tan amargo.
      Un abrazo.

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