Relato corto

La pregunta

La pregunta 6Los copos blancos bailaban en un descenso caótico. Amadeo había presenciado innumerables veces esa estampa desde la ventana del dormitorio de su pazo de Cotobade. Antes, a pesar de augurar meses difíciles, la llegada de las primeras nieves era siempre ocasión para el regocijo compartido y, también, motivo de chanzas y juegos de palabras destinados a su mujer. “El frío que da calor”, decía ella, restando importancia a las bromas mientras observaba maravillada a través de la ventana.

Ocho años atrás sus hijos habían reconvertido el primer piso de la casa en un hotel rural. Aunque añoraba los tiempos de intimidad en familia, hasta hace bien poco, Amadeo también disfrutaba de la compañía de los visitantes. Si estaban receptivos les hablaba de tiempos pasados: de como era antes la vida en el pazo, de épocas oscuras y otras de florecimiento. También gustaba de contarles secretos sobre cómo desenvolverse en el entorno, o cuándo y dónde observar animales escurridizos.

Hacía ya cinco meses que había dejado de relacionarse de un modo estrecho con las personas que se hospedaban en la casa. Desde aquella caída en el establo, su salud, antes férrea, involucionó hacia la debilidad y la abulia. Apenas podía moverse y, ayudado por un andador, tenía como único trayecto el de la cama al sofá y de este a la cama. Los días buenos se aventuraba en alguna visita al baño para romper la monotonía del dichoso orinal.

Cuando escuchaba las voces de los huéspedes, sentía el impulso de bajar y charlar con ellos, o corregirles si se equivocaban en cualquier apreciación sobre plantas o animales. Pero le faltaba la vitalidad. El cansancio y la nostalgia se le habían venido encima cubriéndolo de un frío que no daba calor siquiera en forma de metáfora.

Aquella mañana, Amadeo se despertó llorando. Soñó que volvía a estar con Neves: el amor de cinco décadas y madre de sus hijos. Habían pasado nueve años desde que ella dijese sus últimas palabras y (más…)

Al otro lado del cristal

gran-hermano—Créeme, es el tipo perfecto —Alec hizo una pausa para inhalar y exhalar el humo del cigarro—, fuimos compañeros de trabajo, pero cuando nuestras funciones fueron transferidas al nuevo Ministerio de la Abundancia, decidió abandonar. Lleva quince años viviendo en el campo con su mujer, Lana. No tienen familia. Son dos románticos que subsisten con lo que recogen de la huerta. Siempre ha tenido una larga barba, como la de Marx, pero sin canas. Seguro que aún la lleva.

—¿Estará a la altura?

—Habrá que comprobar si el paso del tiempo le ha tratado bien, pero siempre tuvo una mirada enigmática y llena de fuerza. Estoy seguro de que va a encajar perfectamente.

—Está bien, pediré a Inteligencia que investiguen a ese tipo. Si todo concuerda le haremos venir.

Stanley se despertó temprano. Salió del cobijo de sábanas y frazadas y se incorporó. Lana seguía dormida. Fue a la cocina y, mientras esperaba a que la cafetera eléctrica hiciese el trabajo, encendió el televisor. Al otro lado del cristal, la presentadora daba paso a un representante del Gobierno que habló de la inminente guerra (más…)

¡PRIMER PREMIO EN EL 3º CERTAMEN DE RELATOS CORTOS ilustrados KAZETA-BAO!

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Anoche en el Bar Kazeta de Bilbao se llevó a cabo la entrega de premios del 3º Certamen de relatos cortos KazetaBao. Bajo el lema “Erotismo y sensualidad en Bilbao”. El reto consistía en escribir un microrrelato acompañado por una ilustración.

Después de un rato de nervios e incertidumbre compartido con amigas, también galardonadas, de la asociación literaria El espíritu de la Alhondiga, el conductor del evento anunció el plato fuerte de la noche: el primer premio del jurado.

And the Oscar goes to…

Y así fue que La columna 44, relato escrito por mi e ilustrado por mi amiga Amaia Ballesteros, se alzó con el galardón.

A continuación os dejo el relato e ilustración premiados.  (más…)

Adiós mamá

Adiós mama

Al despertar, el olor dulzón a ron mezclado con tabaco le anuncia que ella está cerca. Simula estar dormido, pero no puede engañarla: es su madre.

Hola rata —Así es como le gusta llamar a su hijo.

Se incorpora. Ella está sentada en la mecedora junto a la cama. Con suaves movimientos bajo las frazadas se va alejando de ella, acercándose poco a poco al borde opuesto. Busca separarse a más de un brazo de distancia. Ella lo sabe.

Te vas a caer, ven con tu mami. —Los balbuceos no esconden la contradicción entre sus palabras y el tono hostil en el que las formula.

Obedece y se acerca. Sabe que, de no hacerlo, las consecuencias pueden ser peores. (más…)

Feo

Juan Diego Murillo era muy feo. De mil personas obsesionadas con mostrar corrección, ni una sola sería capaz de decir «no es para tanto». Su cara, abstracta y asimétrica, ni siquiera se asemejaba a un rostro humano. En la mitad derecha, unas olas de piel colgante se empeñaban en arrastrar hacia abajo cualquier signo de normalidad. Apenas podía cerrar del todo aquellos sufridos párpados que parecían cargar con toda su frustración. La parte izquierda era otra historia: los rasgos, algo más normales, contrastaban de tal manera con los del lado opuesto que el resultado de la combinación de ambos era grotesco. (más…)