Microrrelato

Pertenencias

Pertenencias 2—Fue un harakiri limpio y completo —dijo Takeda a su señor—. Aquí tiene el cofre que desapareció anoche. En él introdujo su nota de despedida.

El señor leyó:

Las monedas de oro que llenaban el cofre ya no forman parte de tu fortuna. Son ahora el futuro de mi familia.  Ellos tampoco te pertenecen; ni Yuriko ni los niños. Están lejos. Mucho más allá de tus fronteras. Que mi sangre sea el precio de la deshonra.

Las lágrimas se deslizaron por el rostro del señor. Los vasallos comprendieron la decepción de verse traicionado por su mejor samurái. Él, ajeno a la condescendencia que le rodeaba, acariciaba en su bolsillo el collar que ella rechazó.

Andoni Abenójar

Ilustración de Laura Abenójar

Vértigo

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Asómate a mi mar.

Confunde su azul con el cielo.

Mar tranquilo y sosegado.

Mar eterno

               (Miguel Hernández)

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Tantas palabras huecas de eslogan de anuncio de seguros: “no te aferres al pasado”, “piensa en tu futuro”, “paciencia, todo va a mejorar”, “volverás a encontrar a alguien”,… Pero solo a ti te escucho.

Aquí estoy de nuevo ante tu invitación. Me acerco a ti, despacio. La visión del azul de tus profundidades, que anuncia riesgo a quienes ven aristas en las nubes, me aboca a la antigua calma de tu abrazo.

“Asómate a mi mar” me dices. Palabras llenas de tu mirada. Y asomado a mi locura —eso dirán cuando ya no pueda replicar—, te hago caso. Estoy tan cerca de ti que mis pies han dejado de tocar el suelo. Sentado en lo alto de la barandilla, al borde del acantilado, mantengo el equilibrio igual que vine al mundo: de nalgas. El movimiento pendular no acaba de decidirse por un lado de la balanza: el miedo a la caída y el deseo de caer.

“Asómate a mi mar”. Repites. Me acerco más, cierro los ojos y en el añorado vértigo, te beso, mar eterno.

Andoni Abenójar

¡PRIMER PREMIO EN EL 3º CERTAMEN DE RELATOS CORTOS ilustrados KAZETA-BAO!

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Anoche en el Bar Kazeta de Bilbao se llevó a cabo la entrega de premios del 3º Certamen de relatos cortos KazetaBao. Bajo el lema “Erotismo y sensualidad en Bilbao”. El reto consistía en escribir un microrrelato acompañado por una ilustración.

Después de un rato de nervios e incertidumbre compartido con amigas, también galardonadas, de la asociación literaria El espíritu de la Alhondiga, el conductor del evento anunció el plato fuerte de la noche: el primer premio del jurado.

And the Oscar goes to…

Y así fue que La columna 44, relato escrito por mi e ilustrado por mi amiga Amaia Ballesteros, se alzó con el galardón.

A continuación os dejo el relato e ilustración premiados.  (más…)

El olor de la granada

El olor de la granada5

Llevo meses encerrado. Hoy las paredes que me rodean apenas me dejan espacio. La tortura es intensa. Comenzó siendo burda, más obvia, menos dolorosa. Se asomaba, en aquella especie de tragaluces, una versión estática de ella. Su imagen me causaba una gran aflicción: hablaba de lo feliz que era antes y me recordaba todo lo que ya no podía hacer: viajar, reír, abrazar, jugar, amar.

Decidí tapar aquellas claraboyas con la esperanza de que dejaran de atormentarme, y, para mi sorpresa, así fue. Sin embargo las nuevas técnicas de tortura fueron aún peores. Un día al otro lado de la pared escuché nuestra canción. ¿Cómo podían conocerla?

Mi mente viajó a aquel aparcamiento cerca de la playa de Genoveses, en Cabo de Gata. La canción sonaba en la furgoneta y nosotros bailábamos fuera, ebrios de vino y amor. Sentía su piel cálida y salada, la miraba a los ojos sin atreverme a pestañear, sin apartar la mirada temiendo que, de hacerlo, ella fuera a desvanecerse. Una imagen fugaz que pronto se transformó en oscuridad y desconsuelo.

Repitieron este proceso varias veces durante las siguientes semanas. Pero lo peor estaba por venir. Ayer percibí un olor familiar. Era su olor (más…)

La sonrisa escondida

Mona Lisa 10Detrás, el paisaje con el lago y las montañas poseía una gran belleza, sin embargo, apenas perduraba como un recuerdo difuso, neblinoso. Ella prefería mirar al frente. Cada día, sus cansados pero ávidos ojos se deleitaban con las más hermosas obras: retratos de vivos gestos llenos de expectación, curiosidad o tristeza; perfectas danzas de cuerpos y miradas disfrazadas de sutil imperfección; poderosas notas al aire de una discusión disimulada o la suave melodía de unas palabras de amor susurradas al oído.

Pese a que no siempre discernía por completo el significado de lo que observaba, sentía que aquellos enigmas, formaban parte de su propio misterio.

Todas las noches se apagaban las luces y Lisa esperaba, inmóvil, en aquella pared imaginando las maravillas que disfrutaría al día siguiente. Cada mañana, cuando las luces se encendían, apretaba con decoro los labios intentando ocultar una sonrisa de curiosidad.

Andoni Abenójar

Final alternativo

El volumen de la banda sonora aumenta y el abrazo se rompe. Él la observa, inmóvil, mientras se aleja calle arriba asolada por las sombras del fundido en negro. Los títulos de crédito escalan la pantalla, lánguidos, como si no quisieran perderse en el borde superior. En la sala, las bocas selladas anuncian ojos vidriosos.

Lidia, sin embargo, parece desconcertada. A su lado, el chico que había conocido la noche anterior permanece atento.

—¿Lo ves? Ahí estoy —señala con el dedo las minúsculas letras.

Ella lee la frase:

“Nuestro agradecimiento al pueblo de Cangas de Morrazo y en especial a Pablo, el camarero del restaurante Anuska, por su paciencia y los menús improvisados a deshoras”.

—Te lo dije —susurra ufano—. Salgo en la peli.

Las luces se encienden iluminando muchas caras largas y dos grandes sonrisas.

 

Andoni Abenójar

Como un Picasso en el desván

Todos los días, Ana bailaba durante horas ante la despierta mirada de su gato. Llevaba años esforzándose por mejorar la técnica. Había tenido los mejores profesores: famosos bailarines y prestigiosos coreógrafos. Todo ello, por supuesto, a través de los vídeos que encontraba en internet. Salía de casa solo si era estrictamente necesario, y una vez al año, en navidad, cuando se juntaba con la familia para interpretar su papel de frágil muñeca por el que tantos elogios recibía.

Vivía en un piso cuya estancia de mayor tamaño usaba como lugar de ensayo. Los espejos de aquella sala eran los únicos en los que no veía reflejados sus asimétricos y enormes ojos, ni la cara de angulosos rasgos. (más…)