La sutura perfecta

La sutura perfecta

Ramón despertó sobresaltado, había escuchado un golpe seco en el exterior, al otro lado de la ventana de la habitación. Se giró hacia la mesilla y observó los dígitos rojos que flotaban en la oscuridad: eran las dos menos diez de la madrugada. Pensó que se trataba de un sueño y trató de seguir durmiendo. Después de unos minutos de marejada de sabanas y mantas, decidió salir a mirar.

 Accedió al pequeño jardín rodeado por el muro de cemento. Lo que observó a continuación le aceleró la respiración. A menos de dos metros de la fachada, bajo la luz de la intermitente farola, había una bolsa negra de al menos dos metros de longitud. Era de un plástico resistente y tenía una cremallera en la parte superior de la que tiró tras un instante de duda. Observó el contenido y se llevó una sorprendida mano a la boca. Miró, primero hacia el cielo, y después en todas las direcciones, y al comprobar que estaba solo volvió a cerrar la bolsa y entró en casa. Se lavó la cara varias veces con agua fría y se pellizcó la mejilla hasta sentir el dolor. En el espejo del lavabo, bajo aquella frente sin principio ni final, sus ojos expresaban lo que las cuerdas vocales no le permitían. Fue al trastero y, entre los utensilios de jardinería, localizó la pala grande. Salió al jardín y trazó en el césped, con el canto de la pala, el contorno de la bolsa. Después la arrastró usando toda la fuerza y el peso de su cuerpo. Levantó con delicadeza la capa de césped que había estado atrapada bajo la bolsa, la retiró y comenzó a cavar en la calva que había quedado. Cuando el agujero fue lo suficientemente profundo, volvió a arrastrar la bolsa y después de enterrarla, volvió a colocar la capa de césped en su sitio. Lo hizo con mucho cuidado, como cuando realizaba suturas en el hospital, evitando dejar cicatrices.

Se sentó durante unos minutos para recuperar el aliento. Mientras observaba el césped, recordó el día en el que perdió su trabajo. Fue un error de principiante, una gasa olvidada bajo la impecable sutura y la posterior infección y muerte del paciente. Le retiraron la licencia para ejercer la profesión y él lo aceptó con su habitual estoicismo: guardando el enfado para futuras explosiones de ira injustificada. A partir de ese momento todo ocurrió muy rápido: la marcha de su mujer con la niña, el whisky como único y solicitado amigo, los números rojos, y los pequeños y deshonrosos trabajos clandestinos para sobrevivir.

Limpió y guardó la pala, metió el pijama en la lavadora y se fue a la cama.

A la mañana siguiente se levantó y miró por la ventana. El césped del jardín estaba en perfecto estado. Nervioso, fue a la cocina y, al comprobar que el pijama sucio estaba en la lavadora, sonrió satisfecho. Desayunó, como siempre hacía, viendo la televisión.

La avioneta siniestrada ha chocado contra una pequeña colina muy cerca de Madrid, los cuatro tripulantes han fallecido. Sin embargo, fuentes policiales han informado de que la causa no ha sido el impacto. Todos los cuerpos presentan orificios de bala. También nos han hecho saber que en el avión se han encontrado dos bolsas negras de gran tamaño y muy resistentes, similares a las que se usa para almacenar los cuerpos en los depósitos de cadáveres. Aún no ha trascendido el contenido de las mismas. Por el momento eso es todo, les mantendremos informados de cualquier novedad. Lara Domínguez para noticias del canal ocho.

Ramón estaba inquieto y no pudo terminar el desayuno, apagó el televisor y salió a la calle, necesitaba dar una vuelta para aclarar ideas y decidir qué haría con el asunto del jardín.

Cuando regresó a casa, varias horas después, ya había decidido que lo más sensato era esperar un tiempo antes de realizar cualquier movimiento en relación a la bolsa negra.

Preparó la comida y volvió a encender el televisor. Una mueca nerviosa le recorrió el rostro al ver como un hombre perdía todo el dinero en un programa en el que debía apostar enormes fajos de billetes. El concursó terminó y comenzaron las noticias.

Novedades con relación al accidente aéreo de esta mañana en las afueras de Madrid. La policía ha desvelado que los cuatro tripulantes de la avioneta formaban parte de Las hienas, el conocido cártel rumano de la droga, liderado por el ex militar Georghe Lubanescu.”

Ramón tragó saliva. Le pareció escuchar un ruido detrás. Se giró pero todo parecía estar en orden. Las palabras que escuchó a continuación le hicieron volver a girarse y centrar su atención en el televisor:

“Acabamos de conocer también el contenido de las bolsas negras: se trata de una gran cantidad de billetes de quinientos euros. La policía cree que alguna disputa interna relacionada con el dinero pudo provocar el tiroteo. Esto último y el hecho de que la compuerta estuviese abierta, hace que la policía no descarte que otras bolsas pudieran haber caído del avión antes de la colisión. En cada una de ellas se ha encontrado además un dispositivo localizador…”

Una pila voló medio metro y cayó en el suelo delante de él. Ramón se dio cuenta de que su mano estrangulaba el mando a distancia con demasiada fuerza. Asustado, miró de nuevo a la televisión. De repente, observó que la reportera hablaba tras una gran mancha que apareció en la pantalla tiñendo la imagen de rojo. Acto seguido  escuchó un sonido seco, como de gas liberado. Cayó hacia delante y desde el suelo, sin poder moverse, vio a tres hombres que caminaban hacia el jardín, dos de ellos con palas y el otro con una pistola humeante en la mano. Dejó de ver, pero escuchó unas persistentes y desagradables risas nerviosas. Comenzó a desplazarse a ras de suelo y comprendió que un cuarto hombre tiraba de él hacia el jardín.

Andoni Abenójar

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10 comments

    1. Abrumado me hallo, Sergio. Yo que como mucho aspiraba a nivel Master del Universo… Jejejeje

      Muy agradecido, como siempre, por tu lectura y por comentar.

      A ver qué pasa con el KZ… Enfrente hay unos cuantos relatos que me han gustado mucho.

      Me gusta

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