Dos días

Dos días_Imagen refranesFue conocida la gente de Villarrefrán por su ingenio y agudeza. No menos conocidos fueron por la mansedumbre y el pulcro respeto por las leyes. Se dice que cumplían con escrúpulo los mandatos municipales, o cualquier directriz que fuese o pareciese ser emitida desde cierta autoridad. Era también gente de poca discreción: uno podía decir, en aparente intimidad, algo que unos minutos después era tema de conversación en la plaza del pueblo o en el bar de Manolo.

Un día el notario le dijo a un cliente: “Ten cuidado con lo que deseas. Podría hacerse realidad”. Fue a partir de ese momento cuando comenzaron a suceder los hechos que se narran.

Al día siguiente el cura se cruzó con Huesos, el perro callejero. No recordaba que aquella pobre criatura estuviese tan plagada de pulgas. Ladraba mirándole con ojos suplicantes. “Pobre perro flaco” pensó “es todo pulgas”. Y siguió su camino.

En el sermón de aquel día, el sacerdote, soltó un categórico: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Damián, el ciego, tomó buena nota. Se le ocurrió invertir en un negocio. En él, la gente podría guardar los ahorros a salvo de los amigos de lo ajeno. A cambio, se quedaría con un porcentaje que en poco tiempo multiplicaría su fortuna. Pero antes de poner la idea en marcha, con el fin de crear demanda, él mismo se encargó de organizar junto a sus hijos los primeros hurtos. Ni siquiera los más desconfiados, que guardaban la guita bajo el colchón, o escondida entre la ropa interior, se libraron de ser desvalijados.

Poco después, cuando los bienes de los habitantes de Villarrefrán se hallaban por fin en el lugar seguro que Damián había construido, se desató el caos. Eva, la mujer del ciego, informó, a su ahora rico marido, de todos los chascarrillos que de él se decían en el pueblo.

—No hagas caso mujer, es la envidia quien habla por ellos. A palabras necias oídos sordos —sentenció apuntando con la respingona nariz hacia el techo.

Eva debió de pronunciar aquellas mismas palabras hablando con alguien del pueblo, que a su vez se las dijo a alguien más que las soltó en el bar. Unos días después, los villarefranenses solo se entendían a medias. Las conversaciones se volvieron extrañas. Acostumbrados a oír tanto frases sabias como estupideces, se aburrían escuchando solo palabras con fundamento. Echaban de menos hablar de las características de sus esputos y conjeturar sobre quién ponía los cuernos a quién.

Un martes y trece, el alcalde pidió a su ayudante unos documentos que debía firmar y enviar a la vecina localidad de Tovicio. Mantenían cierto contencioso con aquel municipio, provocado por los problemas de estos con el alcohol y el juego. El ayudante había terminado su turno y se negó.

—Tengo que hacer unos recados urgentes, mañana tendrá esos papeles en su mesa. A primera hora.

—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —contestó el alcalde.

La frase se extendió y desde aquel día la gente no volvió a dormir en condiciones. Siempre había algo que hacer: trabajar, pasear, hablar con los vecinos, fornicar, estudiar, discutir… Tres días después, el pueblo tenía el doble de ojeras que habitantes.

En la plaza, junto al escuchimizado cadáver de Huesos aún caliente, conversaba la matrona con Inés, la costurera. Apenas se entendían: el insomnio les llevaba a decir muchas estupideces ante las cuales sus oídos se mostraban insensibles. La matrona, sin embargo, escuchó con nitidez las últimas palabras que pronunció Inés.

—Que le vamos a hacer… ¡A vivir que son dos días!

 

Andoni Abenójar

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11 comments

  1. Qué bueno con los tovicianos, tovicienses o toviciosos! Lo acabo de leer, justo antes de la siesta, que como decía mi abuela, “vete a la cama que es buen prao y el que no duerme está echao”.
    Zugabe!

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