¿Quién no conocía a Carlota Black?

Carlota Black 2

No era una mujer de esas que te hace girar la cabeza al pasar a tu lado. Ni fea, ni guapa, su atractivo residía en cualidades bien distintas: era famosa y poseía una fortuna que la situaba entre las personas más ricas del país. En el vigésimo tercer lugar de la lista, para ser exactos.

No me gusta leer, pero había oído hablar de ella, ¿quién no conocía a Carlota Black? Era la escritora de aquella saga de vampiros que estaba arrasando en todo el mundo. La primera vez que supe de ella fue gracias a la portada de la Cosmopolitan: “La mujer de los colmillos de oro”, rezaba el titular sobre una foto en la que aparecía con una capa negra y un murciélago sobre el hombro.

Llevo un par de años intentando hacerme hueco. Me he presentado a varios castings: Ellos, ellas y viceversa, El ojo te ve o Busco novio para mis hijas. Nunca me han seleccionado, pero rendirme no es una opción. He nacido para algo más que sobrevivir y pringar como todos esos perdedores que se dejan el culo para vivir en pisos interiores con ventanas que dan a patios.

El caso es que no me iban bien las cosas, el dinero que recibí tras el accidente de mis padres se estaba agotando, de modo que pensé que para conseguir mi objetivo debía hacer algo diferente. Una escritora, ¿por qué no? Una superventas. Me informé: no se le conocía pareja desde hacía mucho. Normal, escribía una nueva entrega de unas mil páginas cada dos años. Seguro que se moría por echar un polvo con un tío guapo como yo. Me enteré de que presentaba cerca un nuevo libro de su famosa saga y decidí probar suerte: ir a la presentación, pedirle una dedicatoria, hacerle un par de preguntas, unas miradas furtivas, y una proposición indecente.

Tras pasar un buen rato delante del espejo, peinándome, arreglándome las cejas y ensayando miradas irresistibles, salí de casa.

El plan funcionó y después de pasarse dos horas firmando libros, se acercó a mí. Había captado mis insinuaciones. Ella puso las reglas: me dio la dirección de una casa en las afueras y me explicó debajo de qué maceta encontraría las llaves. Debía esperarla allí, quería discreción. Acepté.

Llegó a la casa cinco minutos más tarde que yo. Me asombró su rapidez teniendo en cuenta que el taxista me había llevado a la carrera. Cuando escuché la puerta de entrada escondí el móvil. Apenas había tenido tiempo de sacar fotos del hall y el salón, por suerte, en el escritorio tenía esparcidos varios manuscritos. Sí el plan no salía como esperaba, al menos aquella prueba sería suficiente para hacer algunos programas de televisión y darme a conocer.

Brindamos, bebimos y coqueteamos en el salón. Después, ella se acercó al escritorio, se sentó frente a la máquina de escribir y empezó a teclear. Aproveché para ir al cuarto de baño, necesitaba revisar mi aspecto y ensayar la mirada de entrar a matar. Al encender la luz, mi sorpresa fue mayúscula. “Putos artistas frikis” —pensé. ¡No había espejo! Contrariado volví al salón, Carlota Black seguía escribiendo. Cogí mi Martini, di dos tragos, y decidí que el detalle del espejo no me aguaría la fiesta. Me acerqué por detrás y comencé a besarle suavemente el cuello mientras leía lo que iba escribiendo.

El joven observaba a la escritora mientras trabajaba y pese a que aquella mujer no le atrajo en un principio, se sintió excitado ante una idea: el deseo de frenar el impulso creativo y convertirse en el centro de su atención.

Se desabrochó dos botones de la blusa y continuó escribiendo. Dejé el vaso en el escritorio y volví a colocarme detrás de ella.

Introdujo sus manos en la blusa de la escritora y le acarició los pechos, con suavidad al principio y con firmeza después. El tacto del sostén no le permitía saciar su deseo, lo apartó y sintió la cálida piel en la palma de las manos. Ella respondió girando la cabeza hacia atrás, ofreciéndole la boca. 

La tensión bajo mis pantalones comenzaba a suplicar desahogo. Saqué la mano de la blusa, y la agarré de la muñeca con intención de llevarla a un sitio más cómodo. Ella, con un movimiento firme y rápido, se liberó y me pidió que siguiese leyendo. Acepté a regañadientes.

La escritora se levantó de la silla y la apartó con la pierna. Se acercó y, abrazándolo, apaciguó con su vientre el ardor del muchacho que, trémulo, pretendía buscar consuelo fuera de los pantalones. Se besaron y él trazó con las manos un dibujo descendente por las caderas de la mujer. Cuando llegó al final de la falda, describió el camino contrario, ascendiendo por dentro, buscando apartar algo que no encontró. Solo halló el tacto de la piel desnuda. Sumergido en aquel excitante desconcierto, ni siquiera se dio cuenta de que ella ya le había desabrochado los vaqueros y los deslizaba hacia abajo junto con el slip. Lo empujó hacia atrás hasta tumbarlo en el suelo, se puso de rodillas y acercó la boca a la entrepierna del muchacho. Él la dejó jugar un poco, y después sujetó su cabeza con las manos y la atrajo hacia la suya. Se besaron y ella, poco a poco, se sentó sobre la palpitante piel. Se frotaron con suavidad, resbalando, hasta que por fin encontraron el camino. Húmedo y cálido. Los espasmos del muchacho no tardaron en llegar, su gesto desencajado de placer se tornó en sorpresa cuando ella quiso también ser saciada. Con gesto fiero le enseño los enormes colmillos, los hundió en su cuello y bebió hasta dejarle seco.

Dejó de escribir y se giró observando por un instante mi cuello con una indescifrable sonrisa que me produjo desasosiego. Esta sensación se acentuó al advertir que la belleza de Carlota Black, antes vulgar, me resultaba ahora digna de recorrer pasarelas de moda. Una idea absurda alimentó mi inquietud, y a punto estuve de dar un paso atrás, pero en seguida comprendí que me encontraba ante la línea que separa a los ganadores de los perdedores. Me convencí de que todo era cosa del Martini.

Carlota Black se levantó, apartó la silla con la pierna y se acercó presionando con su vientre el bulto bajo mis pantalones. La inquietud desapareció y me entregué, hasta la última gota, a la gloria de los ganadores.

 

Andoni Abenójar

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25 comments

  1. Me gusta lo bien que has saltado del narrador en primera persona al omnisiciente, de una línea a otra con el sencillo de recurso de la cursiva. El espejo es un poco spoiler en un principio pero el final lo arregla. Yo si eso voy tomando apuntes. Molan tus relatos.

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