La mudanza

La mudanza 4Aquella mañana Álex despertó de buen humor. Acababan de mudarse pero aún faltaban los muebles y las paredes estaban desnudas. Se acercó a la cocina y no encontró nada que pudieran desayunar. Decidió salir en busca de una tahona. Lucía y Otto se lo agradecerían.

Le sorprendieron la quietud y el silencio de aquel enorme laberinto de calles y miró extrañado el reloj: eran las diez y media de la mañana. Caminó un buen rato entre las casas, idénticas, de la enorme urbanización, concentrándose en recordar el camino de vuelta. Todos los establecimientos tenían las persianas bajadas. Era domingo, pero no había cafeterías abiertas, ni coches aparcados. Ni siquiera vecinos a los que dar los buenos días. La respiración de Álex se aceleró y tuvo que detener su marcha. Cuando consiguió disipar la confusión, comprendió que debía volver a casa. Atravesó un parque infantil sin niños y en lo alto de un castillo de toboganes observó un cuervo que, al percatarse de su presencia, graznó.

—Señor, esta es una propiedad privada —a su espalda, la voz, aunque firme, parecía amable. Al darse la vuelta vio a un hombre fornido con camisa de vigilante de seguridad—. Los del turno de noche se han debido dejar otra vez la verja abierta… No puede estar aquí, la urbanización no se inaugura hasta el mes que viene. Haga el favor de acompañarme a la salida.

Álex se giró y vio que el guarda estaba a unos diez metros. Respiró profundamente asumiendo lo que debía hacer. Caminó despacio hacia él mientras metía la mano en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Está herido? —la amabilidad de su voz adquirió un tono de alerta—. Tiene sangre en la ropa.

—No se preocupe, no es nada —Se detuvo delante del vigilante con una sonrisa estática. Sacó el cuchillo y lo hundió repetidas veces, primero en el cuello y después en el pecho.

Al llegar a casa, se dirigió al dormitorio con determinación.

—Tenemos que hablar. Ayer no tuve valor para decíroslo pero ya no tengo miedo. Hace meses que me echaron del trabajo. Me dijeron que no me veían bien, que me notaban ausente y me comportaba de un modo extraño. ¡Solo les faltó llamarme loco! No tenemos con qué pagar la hipoteca de esta casa. Por favor, confiad en mí, haré lo que sea necesario para mantenernos aquí, juntos.

Ahora debo ocuparme de un asunto, después prepararé la comida y seguiremos hablando.

Abandonó la estancia sin recibir respuesta de Lucía y el pequeño Otto, cuyos cuerpos yacían, inmóviles y lívidos, en una sábana extendida sobre el suelo.

Se dirigió al coche y abrió el maletero. Trató de hacer hueco recolocando los cuerpos de los dos vigilantes de seguridad que la noche anterior quisieron impedirles el acceso. Cuando hizo espacio para otro cuerpo más, cerró la puerta del maletero, arranco el coche y se dirigió al parque infantil.

“Esta noche le diré Otto que duerma en su habitación” pensó mientras conducía, “me muero de ganas por estar solas con mi mujer y estrenar la casa como es debido”.

 

Andoni Abenójar

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16 comments

    1. Uno no puede gustar siempre, Sergio 😉
      Por lo menos la historia te ha provocado un efecto, aunque haya sido desagradable…
      Es viernes, seguro que no dura mucho el mal cuerpo. Como siempre, gracias por leer y comentar, caballero.

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  1. EXCELENTE, Andoni, en la linea de como me gusta escribir a mi,.”sorprendiendo al lector”. Bien narrado. Escalofriante y terrorífico relato que sin duda expresa lo que desea el autor con éxito. Si te apetece leer uno mio “El ladrón” te dejo mi enlace .http://jordicabre-33.blogspot.com.es/2016/03/el-ladron-novela-corta-entera.html Por cierto, sigue asi compañero, poniendo toda la carne en el asador sea cual sea el tema que trates. Esa manera de contar un cuento es la correcta. Un abrazo.

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  2. Andoni, como bien comentas a un comentario anterior, que la historia provoque una desagradable sensación no la convierte en mala, en buena diría yo. Consigues llegar con palabras sencillas, e hay tu mérito.

    Un saludo Andoni. Me ha encantado

    Le gusta a 1 persona

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