Como un Picasso en el desván

Todos los días, Ana bailaba durante horas ante la despierta mirada de su gato. Llevaba años esforzándose por mejorar la técnica. Había tenido los mejores profesores: famosos bailarines y prestigiosos coreógrafos. Todo ello, por supuesto, a través de los vídeos que encontraba en internet. Salía de casa solo si era estrictamente necesario, y una vez al año, en navidad, cuando se juntaba con la familia para interpretar su papel de frágil muñeca por el que tantos elogios recibía.

Vivía en un piso cuya estancia de mayor tamaño usaba como lugar de ensayo. Los espejos de aquella sala eran los únicos en los que no veía reflejados sus asimétricos y enormes ojos, ni la cara de angulosos rasgos.

Había decidido presentarse a las audiciones que una compañía de danza iba a realizar en la ciudad. No fue una decisión fácil: era la primera vez que se iba a enfrentar a las miradas de un grupo de extraños. Preparó una pequeña maleta con la ropa de baile y otra, más pequeña, con todo el valor que pudo reunir.

Al salir de casa, tuvo que luchar contra la histérica voz de su madre que le repetía una y otra vez: “Qué van a pensar, moviéndote como una cualquiera delante de ellos”. Cuando consiguió silenciar aquella voz, se fijó en las miradas de las personas con las que se cruzaba. Se detenían en ella. Eran miradas de desaprobación, e incluso se percató de que algunas contenían la carcajada y hacían comentarios al oído de sus acompañantes. Comenzó a respirar aceleradamente. El trayecto en metro lo pasó realizando ejercicios de respiración, tal y como había aprendido en un vídeo sobre yoga.

Cuando llegó al teatro, observó una gran hilera de bailarines. Le parecieron esculpidos por un Dios esteta, sin duda, distinto del suyo. Charlaban entre ellos animados, con naturalidad, aparentemente ajenos a las preocupaciones. De nuevo escuchó: “Qué van a pensar”, pero ya no estaba segura de que aquella voz fuera la de su madre.

A unos pocos metros de la cola, comenzó a caminar más despacio. Cada pisada aumentaba la distancia que la separaba de su meta. Finalmente se detuvo a falta de tres pasos en cuerda floja. A su espalda, tierra firme.

En casa, sacó la ropa de baile perfectamente plegada y limpia de la maleta, se las puso y bailó durante horas. El gato no dejó de observarla, atento, hasta que acabó.

 

Andoni Abenójar

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13 comments

  1. Me ha encantado el relato, Andoni. El miedo es algo que todos tenemos y que en ocasiones cuesta de afrontar. Aunque una vez se hace, la vida se vuelve más llevadera, ya que el éxito está ahí fuera, al igual que el fracaso. Pero para los que no se deciden a dar ese paso, por muy pesado que sea, sólo les queda la segunda opción o rendirse y dejar que su luz vaya menguando hasta desaparecer. Yo personalmente me he encontrado hace poco en una tesitura similar a la de Ana, jeje. Aunque he optado por saltar hacia delante. Ahora solo el tiempo dirá, jeje ; )

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    1. Gracias Ramón, por la visita y por tus comentarios. Es cierto, ese saltito hacia delante marca la diferencia entre rendirse y perseguir los sueños. Enhorabuena por no haber seguido los pasos (hacía atrás) de Ana, y mucha suerte. Seguro que el tiempo, como mínimo, te dirá que puedes estar orgulloso de haberlo intentado.
      Un abrazo 🙂

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