En un parpadeo

En un parpadeoAgosto no es el mejor mes para disfrutar de las vacaciones. Todo es más caro, y las aglomeraciones pueden llegar a ser insoportables. Sin embargo, como cada año, estábamos eligiendo a la persona que debía quedarse manteniendo las constantes vitales de la empresa. Nadie quería ser elegido: pese a no ser un buen mes, en agosto resulta más fácil encajar planes con otras personas.

En esta ocasión tan solo éramos tres candidatos —los que, hasta el momento, nunca nos habíamos quedado en agosto—. Formábamos un triángulo rodeado por el resto de compañeros cuyas miradas, entre morbosas y sádicas, se centraban en los tres puños cerrados que marcaban el centro del círculo.

Las miradas comenzaron a bailar de un lado a otro, tratando de buscar las respuestas que nuestras manos y bocas ocultaban. En mi cabeza comenzaron a sonar las primeras notas de The ectasy of gold de Morricone. Hice mis elucubraciones con el objetivo de que ellos fuesen el feo y el malo. En el puño tenía mis tres clips. Conociendo a Carlos no esperaba que en su mano abierta hubiese ninguno, del mismo modo que no solía haber monedas cuando quería tomarse un café de la máquina. En el caso de Kepa, dudaba entre dos o tres. Yo empezaba a hablar:

—Cinco —dije.

—Siete —dijo Kepa.

—Seis —ladró Carlos, con una sonrisa llena de seguridad.

Mostramos el contenido en nuestras palmas: mis tres clips, dos de Kepa y tres de Carlos. Ocho.

“¡Hijos de puta!” pensé.

—Qué le vamos a hacer… —dije.

El primer día que pasé solo en la oficina fue tormentoso, algo previsible tras los días de bochorno previos. Caminaba a primera hora con mi paraguas en la mano. Cerrado. Rara vez lo abría. Un poco más adelante, vi caminando en la misma dirección a una chica que se protegía de la lluvia sujetando un libro por encima de la cabeza. Las puntas de su melena castaña goteaban. Era un libro de bolsillo.

Entró en el mismo portal que yo y subimos juntos en el viejo ascensor, ella pulsó el nueve, yo el trece. Nuestras miradas se cruzaron de manera fugaz. Bajo la parpadeante luz artificial, su pelo parecía tener un toque rojizo y los ojos eran de un marrón casi amarillo.

Tshhh… tshhh. En el tercer piso, la luz parpadeó.

Sentí que me observaba y, avergonzado, desvié mi atención hacia el libro arrugado y chorreante. Quise saber el título, pero la pequeña mano era lo bastante grande para ocultar esa información.

Tshhh… tshhh. Dos pisos más arriba, la luz volvió a parpadear.

Dibujé con mi mirada una línea que fue desde su mano hacia el anguloso hombro y desde ahí descendió hasta la insolente curva de sus pechos en la blusa.

Tshhh. A punto de alcanzar el octavo, la luz se apagó.

Sentí su cuerpo justo antes de amerizar en el mío. Me besó. Cuando llegamos a nuestro destino, este había cambiado para los dos. Fuimos a mi oficina en busca de intimidad. Dejamos la silla del jefe empapada pero aún queríamos más. Me dijo su nombre encima de la mesa de la sala de reuniones. Ella supo el mío en el sofá de recepción.

—Íctor —dije incapaz de pronunciar la uve inicial mientras ella mordía mi labio inferior.

Después se vistió y se fue, dejando a su paso un olor agridulce. La oficina nunca había olido tan bien.

—Adiós “Íctor” —dijo con una sonrisa que dibujaba un prometedor agosto. —¿mañana a la misma hora?

Tshhh. La luz volvió a encenderse antes de llegar al noveno.

Un momento después, el ascensor se detuvo y ella se fue.

Llegué al decimotercero y entré en la oficina. Olía como siempre: a nada.

 

 

Andoni Abenójar

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